ALÓ (es) | Una verdadera Unión paritaria: ¿federalismo o disolución?

En los años 50 un grupo de idealistas se pusieron manos a la obra para dotar de vida a un sueño común, el de crear una Europa unida, pacífica y próspera mediante la cooperación económica. Creían, estos padres fundadores, que un continente con un mercado interdependiente reduciría el conflicto en una Europa que apenas se estaba recuperando de las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial y se adentraba en una época de tensiones políticas y militares entre el este y el oeste.

A lo largo de sus primeras décadas de vida, la unión económica fue derivando, a su vez, en una unión política, y lo que se conocía hasta entonces como Comunidad Económica Europea (CEE), pasó a llamarse Unión Europea (UE) en 1993. De esta manera, la institución activaba una maquinaria legislativa común para hacer frente a todos los desafíos políticos, desde la justicia hasta el clima.  En la actualidad son siete las instituciones oficiales que conforman la Unión, pero son sólo tres las que legislan: La Comisión Europea, el órgano ejecutivo que propone y aplica las leyes comunitarias; El Parlamento Europeo, único órgano elegido directamente por los ciudadanos; y el Consejo de la Unión Europea que comparte los poderes con el Parlamento y está compuesto por los primeros ministros de los países miembros.

Paridad Europea

Son, de hecho, los órganos legislativos los que crean mayores dudas sobre la verdadera paridad de los países miembros. En especial, es en el Parlamento Europeo donde, a primera vista, podríamos observar una clara desigualdad entre los socios. Pero, ¿es así? Alemania con 96 diputados o Chipre, Estonia y Malta con sólo seis es una buena muestra del, aparente, desmesurado peso de unos países frente a otros. Comparativamente, la población alemana es mucho mayor que la chipriota, cierto. También es verdad que,  los diputados de un país, no van a parar al mismo partido, sino que se reparten en diferentes grupos dentro de la Eurocámara. Sin embargo,  la realidad es que los países pequeños están sobre representados para garantizar una mayor igualdad. Por ejemplo, un parlamentario de España habla en nombre de hasta 10 veces más ciudadanos que uno de Luxemburgo. Pero, entonces, ¿de dónde viene la idea de que Europa es una unión desigual?

Naciones y soberanía

La respuesta a la falta de paridad entre los países la podemos encontrar en la forma en la que la soberanía se reparte entre los miembros de la unión. Con un sistema supranacional, los socios deben ceder parte de sus atributos de gobierno a una institución madre (en este caso la Unión Europea) a cambio de representación en los órganos que la componen. Sin embargo, no se trata de un federalismo completo, porque muchas de las competencias son compartidas, algo que produce incoherencias en las políticas de la Unión y que otorga a las naciones miembros una gran influencia a nivel Europeo. Esta influencia, a su vez, depende de la fortaleza política y económica del país en cuestión; una pescadilla que se muerde la cola, vaya.

Hacia el  federalismo

Es por todo esto que son muchas las voces que llevan pidiendo desde hace mucho la reunificación de la Unión Europea, donde un verdadero federalismo reúna la soberanía de los socios en un mismo centro político y económico. Esto significaría perder competencias a nivel nacional, sí, pero también conllevaría, por ejemplo, una verdadera Unión Bancaria que permitiese a las empresas Europeas acceder a crédito independientemente del estado de la deuda del país al que pertenecen. Un sistema federal, abriría aún más nuestro mercado común para la mercancía y el empleo, además de desobstruir la competencia. Pero no sólo beneficiaría a la economía; la inmigración sería una de las ramas políticas mejor paradas. Por ejemplo, los estados miembros podrían lidiar mejor con el drama de los refugiados a través de una agencia común que pudiese coordinar lo que pasa en las diferentes fronteras del continente. De hecho, la Comisión ya ha presentado una propuesta para la creación de tal agencia. Sin embargo, la falta de poder central hace que la misiva deba primero ser aprobada por el Parlamento y el Consejo de la Unión Europea.

La situación es clara; no es la institución en sí, sino su configuración como federalismo incompleto, por el miedo a la pérdida de  soberanía nacional, lo que hace que la Unión Europea parezca un club donde las voces de sus miembros no se escuchen de la misma manera. La Unión, si quiere seguir siéndolo, debe caminar hacia un escenario del todo o nada. No hay tiempo, ni paciencia, para las medias tintas. La pregunta que toca hacerse parece meridianamente clara también: ¿Federalismo o disolución?

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