ALÓ (es) | Rajoy prefiere enfrentarse a marionetas antes que a periodistas

Mariano Rajoy y Pablo Motos. Podría haber sido un capítulo de una sitcom americana. Había risas y el público estaba entregado, sospechosamente rendido a las gracias del presidente en funciones. No era una comedia, pero la ficción se podía palpar en todos los rincones del plató. Era una entrevista. Eso dicen.  Yo también puedo decir cosas , y digo que de todas las entrevistas a candidatos a la presidencia, ésta ha sido, sin duda, la más artificial de cuantas hayamos visto en El Hormiguero. No hay tu tía. Uno tiene muchas horas de televisión a sus espaldas como para que me intenten engañar y me traten de vender que al público no lo habían traído del mismísimo corazón del barrio de Salamanca. 

Hemos visto un teatrillo. Como el que vimos en casa de TVE justo antes de las elecciones del 20D. Punto. No hay más. Nos han colado un lavado de cara a cuatro días de las elecciones cual spa pre electoral. No ha sido la culpa del programa. No ha sido la culpa de Motos. No me quemo. Tampoco me chamusco si digo que se podría empapelar a todos los corruptos del PP con la lista de condiciones que el equipo de Rajoy debió de mandar a la producción del programa como requisito sine qua non. Que me traigas público pepero, tic. Que me soples las preguntas para hacerme un guión que ríete tú de Spotlight, tic. Que si andamos en una cinta que esto da para memes, tic

Y en un momento de desdoblamiento de la personalidad, me pareció entender que un programa como El Hormiguero dijese sí a todo esto. Porque, exactamente, es El Hormiguero. Y tiene todo el derecho a hacer una entrevista afable y liviana mientras se siguen, punto por punto, las condiciones acordadas. El Hormiguero no es un programa de actualidad informativa. Y es ahí donde me empiezan a chirriar las prioridades de comunicación de los políticos. Y es ahí donde, los ciudadanos, nos tendríamos que poner con los brazos en jarra y decir basta. Es de un caradurismo insoportable que un presidente en funciones se enfrente a las preguntas de unas marionetas pero no sea capaz de ponerse delante de periodistas, familias o tertulianos políticos a dar explicaciones por su trabajo. Por las decisiones tomadas desde un cargo público, elegido y pagado por todos. Es una vergüenza. Es humillante. Pero también será desternillante cuando, en unas hipotéticas terceras elecciones, Rajoy y su equipo decidan ir a divertirse a Disney Channel, esta vez.

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